miércoles, 16 de septiembre de 2009


"Queridos hermanos y hermanas, custodiad la Biblia en vuestras casas, leedla, profundizad y comprended plenamente sus páginas, transformadla en oración y testimonio de vida, escuchadla con amor y fe en la liturgia. Cread el silencio para escuchar con eficacia la Palabra del Señor y conservad el silencio después de la escucha, porque ella continuará a habitar, a vivir y a hablaros. Haced que resuene al comienzo de vuestro día para que Dios tenga la primera palabra y dejadla resonar en vosotros a la noche para que la última palabra sea de Dios.

"Os encomiendo a Dios y a la Palabra de su gracia" (Hch 20, 32). Con la misma expresión que San Pablo en su discurso de adiós a los jefes de la Iglesia de Éfeso, también nosotros confiamos a los fieles de las comunidades esparcidas sobre la faz de la tierra a la palabra divina que es también juicio y sobre todo gracia, que es cortante como una espada pero que es dulce como el panal de miel. Ella es potente y gloriosa y nos guía por los caminos de la historia con la mano de Jesús que vosotros como nosotros " aman a nuestro Señor Jesucristo en la vida incorruptible" (Ef 6, 24)."


Benedicto XVI

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