sábado, 26 de marzo de 2011

JESUS Y LA SAMARITANA

La narración del Evangelio de este Tercer Domingo de Cuaresma no es en absoluto la historia de la conversión de una mujer pecadora, a la que Jesús milagrosamente le “adivina” su vida sexual irregular e invita pedagógicamente a la conversión. El texto no es fácil, pues hila diversas temáticas (el agua, el matrimonio-concubinato, el verdadero culto, el tema de la cosecha) y al mismo tiempo está construido con símbolos de gran profundidad teológica.

            Un primer punto de referencia global para la interpretación de la narración es la progresiva manifestación de la persona de Jesús, quien es presentado inicialmente como “judío” (v. 9), luego como “alguien más importante que Jacob” (v. 12), después como “profeta” (v. 19), “Mesías” (v. 29) y, finalmente, como “Salvador del mundo” (v. 42). Todo el texto gira en torno a un único tema central: el misterio de la persona de Jesús.
1. Jesús dona el agua viva. Jesús es el gran don de Dios (Jn 3,16), que donando su palabra, superior a la ley mosaica (Jn 1,17) (“el agua del pozo de Jacob”) genera en el creyente la vida eterna, es decir, la misma vida de Dios (“manantial que brota para la vida eterna”). El agua del pozo calma la sed cada vez que se bebe, pero hay que volver a beber. El agua que ofrece Jesús calma la sed definitivamente porque se convierte en el hombre en manantial, que brotará perpetuamente y comunicará vida inmortal. El agua es la palabra y la verdad de Jesús, la cual no puede permanecer exterior al hombre: el creyente debe interiorizarla en su corazón bajo la acción del Espíritu (Jn 7,37-38). El agua es la palabra de Jesús, que llega a convertirse en nosotros en “espíritu y vida” (Jn 6,63); más aún, es Jesús mismo, que a través de su palabra leída y meditada en la comunidad y bajo la acción del Espíritu, se nos revela progresivamente y nos hace partícipes de su misma vida filial.
2. Jesús Profeta invita a la fidelidad al Dios único. Como profeta Jesús denuncia el “adulterio” del pueblo de Samaria, que desde antiguo adoraba “cinco divinidades” (2 Re 17,24-41). Su lenguaje es el de los antiguos profetas (cf. Os 2), que consideraban la idolatría como adulterio, como infidelidad del pueblo (esposa) a Yahvéh (esposo). A la luz del capítulo 2 del profeta Oseas es fácil ver en la “mujer samaritana” la personificación del pueblo de Samaria, infiel al marido Yahvéh, entregada a los ídolos amantes, pervirtiendo el culto, amenazada de morir de sed. Jesús, como Yahvéh antiguamente, corteja nuevamente al pueblo, hablándole al corazón y reconciliándolo con él (Os 2,16).
3. Jesús Mesías proclama el verdadero culto. En íntima relación con el problema de la idolatría se encuentra el tema del “culto”. Como profeta-Mesías Jesús anuncia el verdadero culto que se debe tributar al único y verdadero Dios: “en Espíritu y Verdad”. En el evangelio de Juan, el término “Verdad” indica la dimensión reveladora de la palabra de Jesús; la palabra “Espíritu”, el dinamismo amoroso de Dios que interiormente transforma al creyente, “llevándolo a la verdad completa” (Jn 16,13), es decir, a la comprensión vital de la palabra de Jesús. La adoración cristiana se realiza bajo la acción del Espíritu, pero siempre en la verdad de Jesús. Para el cristiano, esta adoración es la expresión de su fe en Cristo Jesús y de su comunión con él. La expresión “adorar en Espíritu y en Verdad” no indica, por tanto, un simple culto espiritual o interior, sino que designa la entera existencia del cristiano modelada por la palabra de Jesús y animada por la acción del Espíritu, y que se manifiesta necesaria y principalmente a través del amor. El verdadero culto al Padre es una existencia marcada por la amorosa obediencia filial hacia él y por el amor concreto y eficaz hacia los demás considerados como hermanos. La samaritana habla simplemente de “Dios”, pero Jesús habla del “Padre”, delante del cual todos los hombres son hijos y hermanos entre sí.
            4. Jesús es el Salvador del mundo. Los samaritanos, con su adhesión a Jesús, inauguran la perspectiva universal de la obra mesiánica y de la misión de la Iglesia. Ellos son la primicia de la mies ya madura para ... (Click en el título para leer más)
 

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