viernes, 22 de marzo de 2013

Comentario del Evangelio del Domingo de Ramos ( 24 de Marzo)



La entrada de Jesús en Jerusalén en este domingo de Ramos la describen los cuatro evangelistas envuelta en un  repertorio de símbolos que en su desarrollo van destilando todo el sentido de la fiesta que celebramos hoy. El evangelio de Juan menciona tres Pascuas vividas por Jesús durante su vida pública de donde se ha inferido la tradición de que el ministerio público de Jesús  duró tres años. Los Sinópticos han transmitido información solamente de una Pascua: la de la cruz y la resurrección. Según san Lucas, el camino de Jesús a Jerusalén se describe en términos de una subida desde Galilea. De hecho este camino es una subida en sentido geográfico puesto que el mar de Galilea está aproximadamente a 200 metros bajo el nivel del mar Mediterráneo, mientras que al altura media de Jerusalén es de 760 metros. Pero, sobre todo, esta subida está jalonada por tres predicciones de la pasión, muerte y resurrección de Jesús que apuntan a la meta de esta peregrinación de Jesús a Jerusalén.

            Jesús llega al monte de los Olivos desde Betfagé y Betania, por donde se esperaba la entrada del Mesías. Manda por delante a dos discípulos, diciéndoles que encontrarán un borrico atado que nadie había montado y les da la orden de desatarlo y llevárselo. Lo hacen de acuerdo con la predicción de Jesús y así puede entrar Jesús en la ciudad montado en un borrico prestado. Todo esto puede parecer irrelevante para el lector actual, pero para los judíos estaba cargado de referencias bíblicas que aluden al tema de la realeza
davídica de Jesús. Alude sobre todo a Zacarías 9,9, el texto que Mateo y Juan citan expresamente para hacer comprender el misterio del domingo de ramos: “Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila”. Lo que Jesús proclama solemnemente como programa del Reino en el sermón de la montaña, lo reivindica para su persona en esta acción simbólica de la entrada en Jerusalén montado en un borriquillo. El es un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y de la sencillez, un rey de los pobres. Reivindica un derecho regio y lo consolida  sobre la base de la predicción del Antiguo Testamento que se hace realidad en El.

            La referencia a Zacarías 9,9 excluye una interpretación violenta de la realeza. Jesús no emprende una insurrección militar, nada que ponga en riesgo la estabilidad del imperio. Su poder reside en la pobreza, en la paz de Dios que es para Jesús el único poder salvador.

            La acción que realizan los discípulos también tiene una significación simbólica. Echar los mantos encima del borriquillo  viene a ser un gesto de entronización según la tradición de la realeza davídica. Los peregrinos que han venido a Jerusalén se contagian del entusiasmo de los discípulos y cortan ramas de los árboles mientras gritan palabras del salmo 118, unas palabras que en sus labios se convierten en una proclamación mesiánica de Jesús: “¡Hosanna, bendito el que viene en el Nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”. La palabra “Hosanna” fue en su origen una petición de ayuda para pedir lluvia en la fiesta de las tiendas. Pero luego evolucionó en el mismo sentido de la fiesta y en los tiempos de Jesús vino a asumir un sentido mesiánico. En nuestro contexto era una expresión de alabanza jubilosa a Dios y de esperanza de que hubiera llegado la hora del Mesías, y al mismo tiempo una petición de que fuera instaurado el Reino de David, y con ello, el reinado de Dios sobre Israel.

            La palabra siguiente, sacada del salmo 118, “Bendito el que viene en nombre del Señor” se había convertido en la denominación de Aquel que había sido prometido por Dios. De este modo se transformó en una alabanza dirigida a Jesús, saludado como el que viene en nombre de Dios, como el Esperado y Anunciado por todas las promesas.  Los protagonistas de esta aclamación no fueron los habitantes de Jerusalén sino los que acompañaban a Jesús entrando con El en la ciudad santa.

            Lo da a entender explícitamente el evangelista san Mateo añadiendo el comentario: “Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: ¿Quién es éste. La gente que venía con él decía: Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea” (21,10s.). Es evidente el paralelismo con la llegada de los reyes de oriente en el evangelio de la infancia. Tampoco entonces se sabía nada en la ciudad de Jerusalén sobre el rey de los judíos que acababa de nacer. Esta noticia había dejado a Jerusalén trastornada. Ahora se alborota. Mateo usa la misma palabra griega de donde viene la palabra castellana seísmo para indicar el estremecimiento semejante a un terremoto causado por la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Un sentimiento que se nos ha hecho familiar en tantos rostros como hemos visto  hace unos años con ocasión del tsunami y de los terremotos del Japón y de Lorca de Murcia.

            En este acto litúrgico que celebramos la Iglesia saluda al Señor como a Aquel que viene, el que ha hecho su entrada solemne entre nosotros. Y lo saluda al mismo tiempo como Aquel que sigue siendo el que ha de venir y nos prepara para su venida. Como peregrinos vamos hacia El. Como peregrino El sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su subida hacia la cruz y la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva que, en la comunión con su Cuerpo, ya se está desarrollando en medio de este mundo.

(Fuente: José Antonio Jauregui sj- jesuitasdeloyola.org)

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