jueves, 27 de junio de 2013

MARÍA: Virgen expectante II...

Virgen expectante, al principio.

Madre expectante, al final.

Y en el arco dibujado por estas vibraciones,  una tan humana y otra tan divina, cien expectativas turbadoras más.

Esperándole a él, a lo largo de nueve larguísimos meses. Esperando que se cumplieran los requisitos legales, festejados con raciones de pobreza y gozos de parentelas. Esperando aquel día, el único que hubiera querido retrasar, el día en que su hijo saldría de la casa para no volver nunca. La expectativa de la “Hora”, la única para la que no sabría frenar su impaciencia y con la que antes de tiempo, haría rebosar de gracia la mesa de los hombres. Esperando el tercer día, viviendo en vigilancia solitaria, delante de la piedra sepulcral.
Estar expectante: infinitivo del verbo amar. Más aún: en el vocabulario de María, amar infinitamente.


Santa María, virgen expectante, danos de tu aceite porque se apagan nuestras lámparas. Ya ves que se nos agotan las reservas. No digas que vayamos a los vendedores. Enciende de nuevo, en nuestras almas, los fervores que, en el pasado, nos quemaban por dentro, cuando cosas humildes bastaban para hacernos saltar de alegría: la llegada de un amigo lejano, el ocaso sonrosado después de un temporal, el crepitar de una cepa que en el invierno vigilaba la vuelta a casa, las campanas a voleo en días de fiesta, la llegada de las golondrinas en primavera, el olor acre que desprendía de una almazara, las cantilenas otoñales que llegaban de los lagares, el redondeo tierno y misterioso del seno materno, el perfume de espliego que irrumpía cuando se preparaba una cuna.

Si hoy ya no sabemos estar expectantes, es porque somos cortos de esperanza. Se nos han secado sus fuentes. Sufrimos una crisis profunda de deseo. Y satisfechos con los mil sucedáneos que nos rodean, corremos el riesgo de nos esperar ya nada de las promesas ultraterrenas, que fueron firmadas con sangre por el Dios de la Alianza.

Santa María, virgen expectante…haz que sintamos en nuestra piel, ante los cambios que se producen en la historia, el estremecimiento de los comienzos. Que entendamos que no basta con acoger, que es preciso estar expectantes. Acoger puede ser señal de resignación. Estar expectantes es signo de esperanza. Haznos, por tanto, ministros de la expectativa.


(Fuente: “María, Señora de nuestros días” Antonio Bello)

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