viernes, 7 de agosto de 2009

PATRIMONIO ESPIRITUAL DE LAS CM II (Continuación)


  1. LA HERENCIA CARMELITANA

La vida, la obra y las enseñanzas de nuestro Padre Fundador encarnan una tradición espiritual que arranca de los remotos orígenes del Carmelo y se perpetúa, enriquecida y renovada, en la “Reforma Teresiana”. No podemos renunciar a esta tradición sin mutilar nuestro patrimonio y sin contrariar la voluntad del Padre Francisco Palau que la asimiló fielmente en su vida y la injertó en el Carmelo Misionero como algo vivo y operante, no como reliquia histórica o norma legal tomada de prestado. Para medir el alcance de este elemento de nuestra vocación religiosa bastará recordar sumariamente la formación espiritual de nuestro Fundador y enumerar los rasgos destacados de su carmelitanismo.

  1. Vocación del P. Francisco Palau

La respuesta de nuestro Padre Fundador a la vocación religiosa fue decidida y responsable. Su propia confesión no deja lugar a dudas: “Cuando hice mi profesión religiosa, la revolución tenía ya en su mano la tea incendiaria… No ignoraba yo el peligro apremiante a que me exponía… Me comprometí, sin embargo, con votos solemnes a un estado de vida cuyas reglas creía poder practicar hasta la muerte, independientemente de todo humano acontecimiento”[1] Su profesión en el Carmelo Teresiano fue una opción consciente, definitiva y sin titubeos. “Para vivir en el Carmelo sólo necesitaba de una cosa, que es la vocación”. La sintió con tal fuerza y seguridad que no dudó en renunciar al sacerdocio primero, y en aceptar luego esa dignidad, a condición de que se salvase íntegra y en cualquier eventualidad su “profesión religiosa”.

La formación religiosa en el Carmelo imprimió en su espíritu rasgos indelebles. Confirió a su alma una fisonomía espiritual inconfundible. Selló toda su persona con una impronta que no se borró jamás y a la que él nunca renunció de por vida. Así se establece nuestro primer contacto con el Carmelo y de ahí arranca nuestro enlace natural con su tradición espiritual.

En el período de su formación religiosa y de su vida comunitaria, lo mismo que en los primeros años de exclaustrado, vive con fidelidad e intensidad el ideal carmelitano en una orientación eminentemente contemplativa. Eran los “dorados ensueños” del joven que “sobre la vida contemplativa deseaba y soñaba”. Buscaba el ideal de su vida (lo que luego se convertirá en “la cosa amada”) “en las austeridades de la vida religiosa, en el ayuno, en el silencio, en la pobreza”. Su alma está impregnada desde entonces del espíritu y de la tradición ascética del Carmelo Teresiano. Ese mismo espíritu se refleja en sus primeros ensayos apostólicos. (Continuará...)


[1] Cf La vida solitaria, p. 14.

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