martes, 15 de noviembre de 2016

El papel arrugado (Cuento sobre el manejo de la ira)

Contaba un caballero que, cuando era niño, su carácter impulsivo lo hacía estallar en cólera a la menor provocación.

Luego de que sucedía, casi siempre se sentía avergonzado y  pedía excusas a quien había ofendido.
Un día su maestro, que lo vio dando justificaciones después de una explosión de ira a uno de sus compañeros de clase, lo llevó al salón, le entregó una hoja de papel lisa y le dijo:

—¡Arrúgalo! El muchacho, no sin cierta sorpresa, obedeció e hizo con el papel una bolita. —Ahora —volvió a decirle el maestro— déjalo como estaba antes.

Por supuesto que no pudo dejarlo como estaba. Por más que trataba, el papel siempre permanecía

lunes, 14 de noviembre de 2016

Oramos por los y las Carmelitas que nos han precedido en el cielo





“Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero”

Con estas palabras Sta Teresa de Jesús nos muestra su percepción de la muerte, no se trata del fin de todo, sino del comienzo de algo nuevo. Un morir porque no se muere es igual a pasar por el proceso del grano de trigo que cae en la tierra y debe morir para volver a nacer…
En nuestra experiencia de fe la muerte es la Puerta de entrada a la eternidad, a la vida verdadera, por eso en este mes de Noviembre también oramos por aquellos hermanos y hermanos carmelitas (religiosos o laicos) que fueron llamados a la presencia de Dios, oramos por su eterno descanso, para

domingo, 13 de noviembre de 2016

14 de Noviembre, recordamos Todos los Santos Carmelitas



El mes de noviembre está dedicado a  dirigir la mirada hacia “adentro, donde nos vive Dios, donde nos mora Dios”, es adentro donde “pasan las cosas más secretas de Dios y el alma”(Sta Teresa de Jesús) , es que la “obra grande de Dios en el hombre se labra en el interior”(Beato Francisco Palau y Quer)

¿ Por qué mirar hacia dentro y no hacia arriba?

Porque es una certeza que el cielo de Dios es nuestro corazón y es ahí donde debemos prestar más atención, el corazón es el lugar del “encuentro”, de las “epifanías del Señor”, lugar de la “Palabra que

viernes, 11 de noviembre de 2016

Comentario al Evangelio del 33 Domingo Tiempo Ordinario (Ciclo C - 2016)



1. “Llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra, todo será destruido”

El Templo de Jerusalén, situado sobre la roca del monte Moriah, a donde según la tradición hebrea unos 18 siglos antes Abraham había ido para ofrecerle a Dios a su hijo Isaac, y en lugar de éste le había sacrificado un cordero, era para los judíos contemporáneos de Jesús el lugar más sagrado de la tierra porque guardaba el Arca de la Alianza con el texto de la Ley que 6 siglos después de Abraham había recibido Moisés del Señor.

Su primera edificación, llevada a cabo por el rey israelita Salomón en el año 960 a.C., había sido destruida en el 587 bajo el imperio babilónico de Nabucodonosor. La segunda, en el mismo lugar pero más modesta, había sido iniciada en el año 535 con el permiso de Ciro, rey de Persia, por el gobernante judío Zorobabel, luego de regresar los hebreos del cautiverio en Babilonia, y completada en el 515 durante el reinado del también soberano persa Darío I. En el 167 a.C. el segundo Templo había sido profanado por el monarca seléucida Antíoco IV Epífanes, que ofreció sacrificios a Zeus

jueves, 10 de noviembre de 2016

(María) Vencedora de la muerte


(Autor: Monseñor  Pedro María Casaldáliga)

¡Los cipreses también creen en ti...
Todos los muertos caen buscando tu mirada.
¿No te han citado todos, muchas veces, para esa hora oscura?
Todos los huesos crecen, reclamados, hacia el abril temprano de tu carne gloriosa,
¡humana vencedora de la Muerte,
poyo de los que llegan agotados del día!


Si esperas tú a la entrada de la Muerte
-igual que en Nazaret anochecido, cuando volvía el Hijo del trabajo-
morir ya no es hundirse de bruces en las sombras
o desplomarse, solo, en los filos de la supuesta Ira:
¡desde tus brazos hay un paso apenas hasta el cuello del Padre!

sábado, 5 de noviembre de 2016

Comentario al Evangelio del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (Ciclo C - 6 Nov 2016)

Queridos hermanos:

Hemos celebrado en esta semana, la fiesta de Todos los Santos y de los Difuntos, algunos se han
empeñado, en sacar a la luz la polémica de la incineración y las cenizas de los que han muerto. Inoportunos, tanto la Congregación de la Doctrina de la Fe, como los comentarios, sobre todo, en este Año de la Misericordia que termina y es preciso poner más la atención en los vivos, que en los muertos, nos lo dice la última frase del Evangelio de hoy: “No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”.

Los saduceos negaban la resurrección, que hoy sigue siendo la piedra de toque de nuestra fe cristiana, es un hecho que muchos de los bautizados, no son capaces de dar el paso a lo que hay después de la muerte. Incluso otros, por aquella filosofía de la separación entre el cuerpo y el alma, siguen pensando que aquí se queda el cuerpo, como es evidente, y el alma es la que resucita o sube al cielo. No es fácil el tema, la vida después de la muerte es de otra manera, una nueva creación, que en ocasiones, lleva a los propios discípulos a no reconocer ni al propio Jesús resucitado, creían ver un fantasma.

Por eso, le proponen en el texto una situación tan absurda, la de mujer casada con siete hermanos, cumpliendo la ley de Moisés: “Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque

jueves, 3 de noviembre de 2016

San Martín de Porres, padre de los pobres y protector de los enfermos



(Lima, 1579 - 1639) Religioso peruano de la orden de los dominicos que fue el primer santo mulato de América. Era hijo de Juan de Porres, hidalgo pobre originario de Burgos, y Ana Velásquez, una negra liberta, natural de Panamá.

Fray Martín fue un servidor y ángel de Cristo en las personas más necesitadas y en los enfermos más difíciles y abandonados. En su corazón ardió la pasión de la caridad, particularmente con los pobres y enfermos a los que acogió siempre con amor preferencial: San Martín de Porres, humilde y sencillo de corazón, siempre al lado de los más desprotegidos; socorría al que no tenía, cuidaba amorosamente al enfermo.
Las obras de Misericordia de Fray Martín se extendían por todas las partes. Un Convento como el del Santísimo Rosario, de Lima, con todo lo grande que era, resultaba un campo muy limitado para Martín de Porres. Su ardiente corazón le hablaba de otras necesidades además de las que experimentaban sus hermanos de la Orden Dominicana y no podía permanecer impasible. Su corazón siempre latía por los enfermos, los pobres, los afligidos, los pecadores. Siempre iba presuroso por la ciudad, asistiendo a unos, confortando a otros. La gente de fuera de Lima lo llamaba, y su santidad por fin lo hizo llegar a lugares increíblemente distantes…
Un comerciante de Lima, muy amigo de Martín, hizo en cierta ocasión un viaje a México por asuntos de negocios. A pocos días de su llegada le asaltó una dolorosa enfermedad; y en una noche cuando ya sentía morir, empezó a decir:
Dios mío… ¿por qué no estará aquí el Hermano Martín para atenderme y curarme?
No pasó mucho tiempo de expresar este deseo, cuando de improviso vio abrirse la puerta de su habitación y Fray Martín, con una sonrisa inefable, se acercaba a su lecho diciéndole
-Alabado sea Jesucristo por los siglos de los siglos
Por siempre sea alabado – le respondió el comerciante. ¡Pero Hermano Martín! ¿Usted aquí?
Acabo de llegar, le contestó el enfermero milagroso.
Y sin murmurar más palabras, se quitó la capa y el sombrero y empezó a curarlo diciéndole:
-Hermano, no se haga el flojo… tenga buen ánimo, y confíe en Dios, que no quiere que muera de esta enfermedad.
Cuando se disponía a retirarse, le preguntó el comerciante:
Y usted, Hermano Martín, ¿dónde va a pasar la noche?
-Hombre de Dios, le dijo: ¿dónde quiere que la pase?, pues en el convento!
A los pocos días de levantarse curado, fue a preguntar por el Hermano Martín en el Convento de México, pero nadie lo dio razón.
Fray Martín, como así lo constató en Lima a su regreso, nunca había salido del Perú y había hecho un viaje milagroso.
  El Bienaventurado Martín veía en los enfermos, en los pobres y afligidos a los miembros del Cuerpo Místico de Cristo. Una vez descubrió a un viejo pordiosero cubierto de llagas y casi desnudo. Martín lo llevó a su celda y lo acostó en su propia cama. Le procuró cuanto necesitaba y le atendió con solicitud hasta que recobró la salud. Fue severamente criticado por uno de los Hermanos que sostuvo refunfuñando que Martín no había debido ceder su cama a un pordiosero de tan desagradable suciedad. A esto replicó Martín: (1)
“La compasión, mi querido Hermano, es preferible a la limpieza. Recuerde que yo puedo limpiar mis sábanas fácilmente usando un poco de agua y jabón, pero ningún torrente de lágrimas podría limpiar mi alma de la mancha que un acto de desafecto a un infeliz podría causar”



*(1) Extracto tomado de “Conozca a Fray Martín de Porres: breve historia de su vida” (1951). Palencia. Convento de San Pablo.





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