Leo en la vida de San
Ignacio un diálogo entre el fundador de los jesuitas y el padre Lainez que me
resulta profundamente iluminador:
-Sí Dios -Pregunta San
Ignacio- os propusiera este dilema: ir ahora mismo al ciclo, asegurando vuestra
salvación, o seguir en la tierra trabajando por su gloria y comprometiendo así
cada día la salvación de vuestra alma, ¿qué extremo elegiríais?
-El Primero, sin duda
responde Lainez.
-Yo el segundo
-replica Ignacio- ¿cómo creéis que Dios va a permitir mi condenación, aprovechándose
de una previa generosidad mía?
Estoy, claro, con San
Ignacio. Estoy por el riesgo y contra la seguridad. Estoy por la audacia frente
a la comodidad. Creo más humano el atrevimiento que la renuncia sistemática al
combate.
El riesgo es parte
sustancial de la condición humana. No se puede en este mundo hacer nada serio
sin exponerse, con frecuencia, al fracaso. Y, desde luego, la única manera de
no equivocarse nunca -es decir de equivocarse siempre- es renunciar a toda aventura
por pura cobardía.
Creo que la obsesión
por la seguridad es uno de los más graves obstáculos para realizar una vida. No
excluyo, claro está, la prudencia, la reflexión antes de la acción, el saber
elegir las mejores circunstancias para emprenderla. --Pero me resulta
insoportable esa falsa prudencia que termina por ser paralizante.









