lunes, 17 de junio de 2013

Tomar el riesgo...Animarse a saltar... Jugarse....

Leo en la vida de San Ignacio un diálogo entre el fundador de los jesuitas y el padre Lainez que me resulta profundamente iluminador:

-Sí Dios -Pregunta San Ignacio- os propusiera este dilema: ir ahora mismo al ciclo, asegurando vuestra salvación, o seguir en la tierra trabajando por su gloria y comprometiendo así cada día la salvación de vuestra alma, ¿qué extremo elegiríais?

-El Primero, sin duda responde Lainez.

-Yo el segundo -replica Ignacio- ¿cómo creéis que Dios va a permitir mi condenación, aprovechándose de una previa generosidad mía?

Estoy, claro, con San Ignacio. Estoy por el riesgo y contra la seguridad. Estoy por la audacia frente a la comodidad. Creo más humano el atrevimiento que la renuncia sistemática al combate.

El riesgo es parte sustancial de la condición humana. No se puede en este mundo hacer nada serio sin exponerse, con frecuencia, al fracaso. Y, desde luego, la única manera de no equivocarse nunca -es decir de equivocarse siempre- es renunciar a toda aventura por pura cobardía.

Creo que la obsesión por la seguridad es uno de los más graves obstáculos para realizar una vida. No excluyo, claro está, la prudencia, la reflexión antes de la acción, el saber elegir las mejores circunstancias para emprenderla. --Pero me resulta insoportable esa falsa prudencia que termina por ser paralizante.

viernes, 14 de junio de 2013

Cometario del Evangelio del Domingo 16 de Junio (Tiempo Ordinario)

El perdón y la deuda del amor
Solemos considerar el perdón como un deber cristiano, basado en el perdón que recibimos de Dios. Pensamos también que, mientras que al Dios todopoderoso el perdón debe resultarle fácil, a nosotros, al menos a veces, nos resulta extraordinariamente difícil, si no imposible. En este modo de pensar el perdón (fácil) de Dios se da casi por descontado, con sólo cumplir ciertas condiciones; mientras que el perdonar nosotros se nos antoja un deber cuesta arriba, de difícl cumplimiento. El hecho de que los sentimientos negativos que acompañan a la ofensa recibida no desaparezcan enseguida, sino que tengan una cierta inercia temporal, aunque exista la voluntad de perdón, hace que muchos digan: “yo quisiera perdonar, pero no puedo”.

La Palabra hoy pone de relieve el perdón, pero no desde nuestra perspectiva (el perdón “a los que nos ofenden”, como decimos en el Padrenuestro), sino desde la perspectiva de Dios. Y es que, realmente, sin tener en cuenta ese perdón de Dios hacia nosotros, considerado detenidamente, es imposible entender el perdón a los que nos han ofendido. Y la consideración de este perdón de Dios, a la luz de la Palabra que nos ilumina hoy, nos ayuda a deshacer algún equívoco en la comprensión y en la experiencia de este don extraordinario.

Jesús, confío en Vos...



¿Por qué te confundes y te agitas ante los problemas de la vida?
Déjame el cuidado de todas tus cosas y todo te irá mejor.
Cuando te entregues a mí, todo se resolverá con tranquilidad según mis designios.
No te desesperes, no me dirijas una oración agitada,
como si quisieras exigirme el cumplimiento de tus deseos,
cierra los ojos del alma y dime con calma: Jesús confío en Ti.

Evita las preocupaciones angustiosas y los pensamientos sobre lo que puede suceder,
No estropees mis planes queriéndome imponer tus ideas.
Déjame ser Dios y actuar con libertad.
Entrégate confiadamente en mí, reposa en mí, y deja en mis manos tu futuro.
Dime frecuentemente: Jesús confío en Ti.
Lo que más te daña querer resolver las cosas a tu manera.
Cuando me dices Jesús confío en Ti,
No seas como el paciente que le dice al médico que lo cure, pero le dice el modo de hacerlo. Déjate llevar

lunes, 10 de junio de 2013

La oración del abrazo

La oración acontece en el corazón de la vida. Como es cuestión de amor, no solo se da en los rincones, sino allí donde el amor se hace concreto, real. Las historias de amor que se tejen en la vida cotidiana y que tienen tanto que ver con el cuidado de la vida debilitada, los gestos de ternura y cariño hacia los enfermos, la solidaridad con los más pobres de la tierra, son los nuevos pozos donde beber el agua viva de la experiencia de Dios. Jesús, en la bellísima parábola del hijo pródigo, nos muestra una imagen del Padre entrañable. Cuando vuelve el hijo perdido, roto por dentro y por fuera, lo espera un abrazo que lo sana, lo recrea, le devuelve la dignidad perdida. Eso es oración de abrazo. Así nos ora y nos crea nuestro Padre Dios. En otro relato impresionante, en otra parábola, Jesús pinta una escena de abrazo. Un samaritano se desvía de su camino, vuelve los ojos hacia la orilla del camino y allí ve un hombre apaleado, al que unos salteadores han dejado medio muerto. Llega donde está el herido, lo ve de cerca, se conmueve, se acerca todavía más, le venda las heridas echándoles aceite y vino, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a la posa, lo cuida, da dinero al posadero para que lo atienda. Esto es oración de abrazo. Así nos ora y nos abraza Jesús. En otro pasaje de los evangelios, sorprendente, Jesús sube al monte y proclama las bienaventuranzas, la carta magna del proyecto nuevo del Reino. Así queda inaugurado un nuevo orden de cosas, el viejo mundo deja paso a un mundo nuevo donde los valores son radicalmente distintos. Las bienaventuranzas son la más hermosa oración de abrazo. Así

viernes, 7 de junio de 2013

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús (2013)

“Con alegría la toma sobre sus hombros.”


    Señor, ¿a dónde llevas a aquellos que tú abrazas y estrechas entre tus brazos sino hasta tu corazón? Tu corazón, Jesús, es aquel dulce maná de tu divinidad, que guardas en tu interior en el vaso de oro de tu alma que sobrepasa todo conocimiento. (cf Hb 9,4) Felices aquellos que son llevados hasta allí por tu abrazo. Felices aquellos que, sumergidos en estas profundidades, han sido escondidos por ti en el secreto de tu corazón, aquellos que tú llevas sobre tus hombros, al amparo de las turbaciones de esta vida. (Sal 30,21) Felices aquellos cuya única esperanza es la dulzura y la protección bajo tus alas. (Lc 13,35; Sal 90,4)

    La fuerza de tus hombros protege a aquellos que tú escondes en tu corazón. Ahí pueden descansar tranquilamente. Una dulce expectación los alegra en el aprisco amurallado (Sal 67,14) de una conciencia pura y de la espera de recompensa que tú has prometido. Su debilidad no los inquieta, ni cosa alguna los turba. (Guillermo de San Teodorico (c.1085-1148), monje benedictino y después cisterciense
Meditativae Orationes 8,6; SC 324, pag. 139)

jueves, 6 de junio de 2013

"Apuntamos alto, pobreza cero" COLECTA NACIONAL DE CÁRITAS


La Colecta es una oportunidad para entusiasmar a muchos que, desde su lugar, pueden aportar lo propio.

“Todos estamos invitados al banquete de la vida”, decía Pablo VI. Con esta imagen somos todos iguales, todos tenemos hambre, comemos del mismo pan, nos servimos de lo mismo, todos somos hijos de Dios, necesitamos de la naturaleza y cuando comemos expresamos que somos iguales.

En la Colecta pasa lo mismo, porque todo es importante. El aporte de cada uno lo es, lo que entregamos y cómo lo damos. Aquí Pobreza Cero o Apuntamos Alto se correlaciona con la pobreza evangélica.

En el Evangelio, “pobre” es el que lo da todo, el que todo lo entrega, no sólo y no tanto el que no tiene. Entonces, es muy importante tener en cuenta en la espiritualidad de la Colecta lo que da cada uno, lo que aporta desde su lugar y respetar cada aporte es respetar su dignidad.

Apuntamos Alto. Desde el punto de vista evangélico, es: “sean perfectos como el Padre Celestial es perfecto” (cfr. Mt. 5, 48). En este texto quiere decir “sean perfectos como es perfecto el Padre”. Jesús nos pone al Padre como modelo de acabado, completo, pleno. Nos dice sea cada uno pleno, cada uno sí mismo, lleguen a ser aquello que por su vocación están llamados a ser. Eso es Apuntar Alto.

“Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estuve desnudo y me vistieron, preso y

miércoles, 5 de junio de 2013

No hay que estarse quietos...

O, dicho de otro modo, conviene estar inquietos. Inquietos significa en marcha, en movimiento, por dentro y por fuera. Hacia algún sitio. Ocurre que, si no, uno se va atrofiando, y la vida se te va poniendo un poco como a cámara lenta. Dejas de soñar, y dejas de imaginar posibilidades. Dejas de desvelarte, por la noche, porque ya nada te preocupa lo suficiente. Así que, nada de quietud excesiva. Nada de sesteo vital. Dios no pide demasiada quietud, sino que, una y otra vez, invita a los suyos a ponerse en movimiento. Hacia el prójimo, hacia el mundo, hacia Él mismo.
A veces se me va demasiado tiempo, energía y posibilidades en darle vueltas a las cosas, pero sin que nada cambie. Puedo ser el mejor a la hora de criticar, de analizar, de decir lo que otros deberían hacer… Opino de todo: de fútbol, de tele, de política, de economía, de iglesia, de moda, de gente. Pero lo hago al modo de un tertuliano que habla sin otro fin que escucharse. Lo peor es que en esos casos parece que estoy en marcha, pero en realidad termino dando vueltas en círculo. Mejor será moverse hacia algún sitio.

 ¿A dónde voy, en esta etapa de mi vida?

(Fuente: pastoralsj.org)

domingo, 2 de junio de 2013

LOS SANTOS DEL CARMELO Y LA EUCARISTÍA

“Ámalo mucho, pero conócelo. En la Eucaristía está y vive Jesús entre nosotros; ese Dios que lloró, gimió y se compadeció de nuestras miserias. Ese pan tiene un Corazón divino con las ternuras de Pastor, de Padre, de Madre, de Esposo y de Dios. Escúchalo, pues el dijo que es “la Verdad”. Míralo, pues es la fisonomía
del Padre. Ámalo, que es Amor dándose a su criatura”

(Santa Teresa de los Andes, Cartas)

“Oh mi Jesús oculto en el sagrario, mi Esposo, mi divino Amor, mi Vida, -qué felicidad siento en cada tarde- cuando puedo escucharte, hablarte y verte. Oh Jesús, prisionero, abandonado. Siempre que estoy Señor, cerca de Ti, me parece ya encontrarme en el Cielo. Cuando oígo la Armonía de tu voz, Esposo y Amado mío, todo mi ser queda sielncioso y sólo a ti te escucho, y sólo a ti te veo. Qué unión tan íntima, Cristo mío, cuando siento latir mi corazón al contacto del tuyo. ¡Quién pudiera pasar horas y horas en este santo lugar. Quién pudiera gastar toda su vida viviendo junto a ti, mi dulce Amor! Ya nada de este mundo me ilusiona. Tan sólo tú, Señor, llenas mi vida ¡Fuera de ti, Jesús, que eres mi Tesoro, nada poseo. A tu lado me siento

¿Creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía se transparenta en nuestra vida?

Ensayemos un cuestionamiento que podrían lanzar los que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los católicos de hoy: “si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que Él resucitó al tercer día y subió a los cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su Sangre, entonces ¿por qué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de ustedes viven como nosotros? Aunque van a Misa los Domingos y comulgan cuando y cuanto pueden aun sin confesarse, en la vida cotidiana olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y riquezas, de los placeres y vanidades, del poder y dominio, se impacientan con tanta facilidad y maltratan a sus semejantes, se dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado fanatismo”. ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15,8-9)”.

Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi existencia? Nutrido del Señor, de su

CORPUS CHRISTI, fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo



Desde hace siete siglos el jueves siguiente a la fiesta de la Santísima Trinidad ha sido dedicado a una especial veneración de la Santísima Eucaristía. Es el día en que se celebra la fiesta del Corpus Christi, la fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo. Se celebra el jueves, por ser éste el día en que el Señor instituyó la santa Eucaristía la noche de la Última Cena. Por razones pastorales, esta fiesta en algunos lugares se traslada al siguiente Domingo.
El día que celebramos la fiesta del Corpus Christi el Señor realmente Presente en el pan y vino consagrados no permanece en nuestras iglesias, «sino que también caminamos con la mirada fija en la Hostia eucarística, juntos todos en procesión, que es un símbolo de nuestra peregrinación con Cristo en la vida terrena. Caminamos por las plazas y calles de nuestras ciudades, por esos caminos nuestros en los que se desarrolla normalmente nuestra peregrinación. Allí donde viviendo, trabajando, andando con prisas, lo llevamos en lo íntimo de nuestros corazones, allí queremos llevarlo en procesión y mostrárselo a todos, para que sepan que, gracias al Cuerpo del Señor, todos pueden tener en sí la vida» (S.S. Juan Pablo II, Homilía en la fiesta del Corpus Christi, 8/6/1980).
La multiplicación milagrosa de los panes (Evangelio) es una prefiguración de otro Milagro muchísimo más asombroso: anuncia el don salvífico de la Eucaristía, inaudito Milagro del Amor divino por el cual el pan y el vino que consagra el sacerdote en la santa Misa se transforman verdaderamente en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo, haciéndose el Señor Jesús realmente presente en medio de la asamblea y ofreciéndose al peregrino en la fe como comida y bebida para la vida eterna. De este modo el Señor mismo se constituye, para quien lo come debidamente preparado (ver 1Cor 11,29), garantía de resurrección: «Yo soy el Pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este Pan, vivirá para siempre; y el Pan que yo le voy a dar, es mi Carne por la vida del mundo» (Jn6,51).
La expresión cuerpo y sangre es un semitismo que quiere decir lo mismo que la totalidad de la persona. En las especies eucarísticas, el Señor Jesús está presente todo entero en cada una de las especies y en cada parte de ellas.
Este Milagro de amor lo realizó el Señor por primera vez la noche de la Última Cena, antes de ofrecer su Cuerpo y Sangre en el Altar de la Cruz reconciliadora. Un breve relato de la institución de este Sacramento lo trae San Pablo en su carta a los corintios (2ª. lectura): «el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: “Éste es mi Cuerpo que se da por vosotros; haced esto

viernes, 31 de mayo de 2013

Visitación de María a su prima Isabel

"Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: «¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!»"
 Lc. 1, 39-4


Poco tiempo después del anuncio del ángel, María parte a la casa de su prima Isabel. El Evangelio nos recuerda dos detalles importantes, mencionados casi al pasar, María parte sin demora, apresuradamente, a un pueblo que quedaba en las montañas de Judá. Apenas enterada del embarazo de su prima, corre a ayudarla. Isabel ya era mayor, quizá tenía dificultades o debía guardar cierto reposo. María, consciente de esto, acude en su ayuda y le presta sus cuidados. No vacila, ni busca excusas para no ir; tampoco sabemos que haya recibido mensaje alguno por parte de Isabel. Sin embargo, al conocer la noticia sale sin demora hacia su casa. El relato nos cuenta que el pueblito de Isabel quedaba en las montañas de Judá. No es difícil imaginar lo precario de los caminos en aquellos tiempos. Más aun los que unían pequeños pueblos sin mayor importancia para la época. Podemos ver a María, en sus primeros meses de embarazo, caminando en los
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