jueves, 15 de mayo de 2008

CONSAGRACION RELIGIOSA

El Señor Jesús, para dar cumplimiento al designio del Padre, se anonadó y tomó la condición de siervo, obedeciendo hasta la muerte de cruz, para la salvación del hombre. El, que es camino, verdad y vida, llamó a los que quiso para formar el grupo de sus discípulos. Después de la resurrección les envió el Espíritu para que fortificados con sus presencia vivieran el reino de Dios con su palabra, con sus obras y, sobre todo, con el testimonio de su vida.
Jesús nos llama también a nosotras como a los primeros discípulos a vivir como EL y en donación total a Dios y a los hombres. Esta entrega es respuesta a un plan concreto del Señor sobre nosotras. Nos consagramos al culto y al servicio de Dios por un título nuevo que ahonda sus raíces en el Bautismo, del cual queremos asumir las exigencias más profundas de muerte y vida. De este modo nuestra existencia en la Iglesia es un signo pascual de la presencia y de la fecundidad de la gracia de Cristo.
Por la consagración religiosa nos comprometemos a seguir a Cristo imitando la vida casta, pobre y obediente que El escogió para sí, dedicándonos enteramente a la gloria del padre para la salvación del mundo. La fuerza de su Espíritu hace posible que esta consagración vivida en fraternidad y según nuestro carisma, sea un anuncio vivo del Evangelio en medio de los hombres.
Para mantenernos fieles confiamos nuestra consagración a María, que nos precede con su luz en el seguimiento de Jesucristo. Su presencia y ayuda harán que El tome forma en nosotras y en los destinatarios de nuestra misión apostólica.
CONSTITUCIONES C.M

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