lunes, 16 de junio de 2008

SEAMOS MISIONEROS

La Iglesia en América es la comunidad que se siente convocada por Jesús. De Él recibe el Espíritu y la paz. Oye su voz, ve sus manos, escucha sus palabras, comparte su pan y su amistad. De él aprende a amar e interpretar las Escrituras, cuyo corazón es el mismo Mesías que padeciendo entra en su gloria. Aprenden la sabiduría de los pobres y de los mártires, la sabiduría de Dios. Anuncia a Jesús, el viviente, como testigo de lo que ha visto, oído y experimentado, dejándose llevar por el Espíritu (Lc 24, 36-49).
Escucha, aprende y anuncia, son actitudes de espíritu evangélico grabadas por el Espíritu en el corazón de la comunidad de Jesús.
Escucha cuidadosa y amorosamente lo que oye, ve y siente de los hombres y mujeres concretos. Sobre todo su dolor, su amor y su silencio. En ellos está Dios, lo humano y la vida.

Escucha el grito de los oprimidos y de las víctimas con la misma empatía y pasión de Dios por los pobres (Si 35, 13-15) y por el pueblo de Israel (Ex 3, 7-10).

Escucha los deseos humanos y divinos que albergan las personas en su obrar y en la intimidad más suya. Escuchar con respeto y corazón, otorgando benevolencia y confianza, creyendo en la bondad de la persona por encima de su error.
Escucha como lo hacía Jesús con los niños y pobres, hombres y mujeres, israelitas o extranjeros, creyentes o no. Escuchar es andar los mismos caminos; soñar y padecer lo mismo, sentir el amor y la pasión, la impotencia y la indefensión.
Escucha en amor, que Dios es uno, el Señor, misericordioso, a quien amar con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y todas las fuerzas (Lc 10,27). Escucha que todos son hermanos. Lo hace como oyente de la Palabra y de los planes de Dios, como el Siervo de Yahvé (Is 50,4), como María la Sierva del Señor que desea se haga en ella su Palabra (Lc 1,38).
Aprende grabando y guardando en el corazón lo que ha visto y oído. Aprende con la memoria del pueblo y de la Humanidad, con la memoria de las maravillas de Dios realizadas en la creación y en la salvación. Como Jesús aprende la inmediatez de la salvación de Dios en el deseo de una madre sirofenicia por la salud de su hija (Mc 7,24-30); en la intercesión de María a favor de unos novios para que su fiesta de bodas tenga alegría y vino; Jesús aprende a actuar más allá de lo previsto y adelanta “La Hora” de la salvación manifestando su gloria que suscita la fe de los discípulos (Jn 2,1-11). Aprende cuando acepta no-comprender o andar en los provisorio mientras espera la claridad; cuando busca el porqué y el sentido del obrar humano y del obrar de Dios, de la misión encomendada siempre necesitada de novedad de expresión al ritmo de las configuraciones sociales y religiosas. Aprende cuando acoge el Misterio de Dios, de la vida, de las personas, incluso el misterio que es su propia persona. Aprende en la paciencia y la espera del crecimiento y de la maduración, propio de la vida humana, de la iglesia y de la misión. Sabe permanecer día tras día, se deja sostener en la fidelidad; acompaña y sigue al Maestro. Aprende de todos: “El que no está contra nosotros, está por nosotros (Mc 9,40).Se aprende de la misma misión y de vivir día a día en el barrio, en la comunidad, en el trabajo. Se aprende en actitud contemplativa y admirativa ante la vida, acogiendo las enseñanzas de Jesús como María de Betania (Lc 10,38-42), y los discípulos en casa o por los caminos (Mc 4,34; 9,31); como María guardando y meditando con amor las cosas experimentadas y oídas en torno a su Hijo (Lc 2,17-19; 2,51).
Anuncia fiel y verazmente lo que gratuitamente se le ha dado a vivir. Porque ha sido fecundada por el amor escuchado y aprendido. Anuncia vida, a modo de la semilla granada y entregada a la tierra. Emprende el anuncio del Evangelio, del mismo modo que la paloma emprende el vuelo cuando le han crecido las alas. Así es el anuncio del Evangelio al ritmo de la fe y de la Palabra, maduradas en el corazón y en la comunidad bajo el impulso del Espíritu. Así nació la misión de la Iglesia enviada a las Naciones (Hech 1-2). Así el Espíritu Santo decide e impulsa la misión, manifestándose a la comunidad orante y celebrante, “Separadme a Bernabé y Pablo para la obra a la que los tengo llamados” (Hech 13,2). El anuncio viene de la experiencia transformad
ora, que siente necesidad de contar y comunicar, sin poder callar la felicidad de que rebosa. Así corre y proclama la mujer samaritana (Jn 4,28-30); Andrés cuenta a su hermano Pedro que ha encontrado al Mesías (Jn 1,42); María de Magdala a los discípulos: “He visto al Señor y me ha dicho esto” (Jn 20,18). No se puede contener, no se puede callar: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hech 4,20). Testigo apasionado por Jesús, lo ama, lo ha experimentado, ha cambiado su vida y desea que sea conocido y amado, “Ay de mi si no predico el Evangelio” (1Cor 9,16). Comparte en conversación amistosa y encuentro leal, en respeto a los demás y a las propias convicciones. Anuncia situándose en el campo del otro.
El anuncio une, a la experiencia de la Buena Noticia recibida, la sinceridad y el intento de coherencia en la propia vida siguiendo a Jesús y tomando el Evangelio como camino, orientación y vida. Anuncia desde la comunidad lugar de fraternidad, vida y fe. Es permanente siembra, en caminos, piedras, maleza y tierra fértil (Mc 4,3-8). La semilla de la palabra crece por sí sola (Mc 4,26-29). La cosecha no está en nuestras manos (Jn 4,37-38). Quien anuncia en verdad, sigue aprendiendo, sigue siendo discípulo; ir y venir. El Espíritu armoniza discipulado y misión.
María lleva Jesús a Isabel, lo entrega por donde va y vive. Hasta hoy sigue siendo misionera entre los pueblos. Madre y maestra de la misión nos educa en comunicar por amor y sencillez, a Jesús; a entregarlo con fecundidad y amor maternal (Lc 1,39-44).

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