viernes, 26 de agosto de 2011

TRANSVERBERACIÓN: “TERESA, ABRASADA EN AMOR GRANDE DE DIOS”

Algunos de preguntan a dónde llegó Teresa por el camino de la oración, o, en definitiva qué significó Dios en la vida de Teresa.
Debemos responder que Teresa fue adquiriendo con los años una experiencia de Dios que terminó absorbiéndola por completo.
Distinguiríamos en su itinerario de aproximación a Dios tres etapas: el la primera Dios fue para Teresa un señor respetable y querido. En la segunda, lo que es un amigo para otro amigo. En la tercera, su esposo adorado.
Hasta llegar al final, Teresa pasa por todas las aventuras que corren los enamorados, con el agravante de que ella no puede encontrarle a Él con los ojos de la cara ni tocarle con las manos, por lo que llegó a desconfiar, a ratos,  si sería verdad tanta pasión o si sería un engaño de la imaginación.
Hasta los cuarenta años, su vida está referida a Dios como a alguien a quien busca servir y agradar preferentemente. Cuenta con Él antes de dar un paso importante en la vida. Le ofrece lo que hace. Se acuerda de Él cuando sufre. Le invoca, le pide ayuda. Le bendice y le ama agradecida. Por sí misma descubre que aunque Dios no quita los trabajos de la vida, ayuda a llevarlos. O, como ella diría, “sin Dios se pasa con más trabajo los trabajos de la vida”, y en cambio con Dios, pese al trabajo de aceptarle a Él, luego “da gusto para que con gusto se pasen los trabajos”.
En una segunda fase de su madurez personal, de los cuarenta a los cuarenta y cinco años, Teresa siente que Dios le atrae irresistiblemente y que le pide el corazón todo entero. Pero sigue teniendo con Dios un trato de amistad compartida. Como a la vez ama otras cosas bellas de la vida, al sentirse solicitada por un amor absorbente, se le parte el corazón.

 
Le ocurrió en el trato con Dios lo que le pasa a una pareja de amigos que se hacen novios, y terminan siendo todo el uno para el otro y, al fin, se casan para que su entrega sea exclusiva e indisoluble. Al principio hay un encuentro, un primer flechazo; se tratan para conocerse mutuamente; y con el conocimiento van creciendo en el amor hasta culminar en la entrega del uno al otro y en el matrimonio.
Entregarse por entero a un desconocido no es fácil. ¿Por qué renunciar a su yo propio y perder la autonomía de hacer uno las cosas a su gusto? ¿Por qué entregar la voluntad a Otro?
Aquella voz la sigue a todas partes. No la deja sosegar. Si dice no a los placeres humanos, a los gustos de su voluntad, otras veces la gritan desde la acera de enfrente: ¿Y nos dejas? Si dice no a los gozos divinos, una voz cada vez más insistente le repite: ¡Yo lo he dado todo por ti!
Teresa sufre el desgarramiento de tener que dejarlo todo incluso a ella misma por el Otro. Fue aquel un dolor profundo. Me remito a sus palabras: “Sé decir que es una de las vidas penosas que me parece se puede imaginar: porque ni yo gozaba de Dios, ni traía contento con el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme lo que debía a Dios, era con pena; cuando estaba con Dios, las afecciones del mundo me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuantimás tantos años.”
Los flechazos de Dios la acosaban sin parar, ella los describe como si viera un ángel a su lado izquierdo, “hermoso mucho, con el rostro encendido…teniendo en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro… un poco de fuego; éste me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas; al sacarle, me parecía las llevaba consigo y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios…De aquellos trances quedaba tan satisfecha que llegó a experimentar cómo “no se contenta el alma con menos que Dios”.
Un momento determinante en su vida fue aquel en que, según ella cuenta, descubrió de golpe el amor total que había mostrado Dios al hombre en Jesucristo. Lo intuyó al contemplar una imagen de Cristo muy llagado, que encontró un día ocasionalmente en el oratorio del convento. La habían traído para hacer una fiesta. De repente vio en aquella imagen un retrato del amor de sus amores. El corazón le dio un vuelco definitivo. Era de Cristo muy llagado, y tan devota, que en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón, me parece se me partía; y arrojeme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle”
Teresa le juró ser toda suya, vivir sólo para Él. A partir de ese momento, Jesucristo la regaló con gozos indecibles, gozos que “no se pueden comprar ni con todos los trabajos del mundo” Eran señal inequívoca de verse correspondida.
“No hay riquezas, ni señoríos, ni honras, ni deleites que basten a dar este contentamiento, porque es verdadero, y contento que se ve que nos contenta” No es ficticio. No es tampoco un gozo que se adquiera por mérito propio. Ni siquiera haciéndose uno pedazos a penitencias y oración. Lo da Dios a quien le entrega su corazón. Teresa se siente completamente feliz.

Fuente: Revista “Ávila de Sta. Teresa”, número extraordinario (13-14)


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