MENSAJE DE CONSUELO Y ALEGRIA
Por José María Martín OSA
1.- Domingo “gaudete”. Toda la Palabra
de Dios de hoy nos habla de alegría y esperanza. El profeta Isaías anuncia los
tiempos mesiánicos. Se venía anunciando la figura de un gran
"Ungido", que en griego se dice "Cristo" y en hebreo
"Mesías". El hombre necesita urgentemente un Salvador, pero un
salvador que no sea ángel ni extraterrestre, sino hombre entero y verdadero,
pero que sea también un Dios. Necesita un Salvador que aporte luz a sus pasos
inciertos, que lo cure de muchas enfermedades, que le dé razones para vivir,
que le enseñe lo que es la vida, que entone el himno de la libertad y de la
alegría. Un Salvador que nos diga dónde está la verdad del hombre y de Dios.
Será maestro del consuelo, dará "buenas noticias" a los pobres y a
todos los que sufren; sus palabras llegarán al corazón de todos los que
esperan. Nadie junto a él se sentirá triste o decaído. Hace suyos los
sufrimientos de todos. Sus palabras alientan a los pusilánimes y hasta
resucitan a los muertos. Regala a los suyos una alegría que nada ni nadie les
puede arrebatar. Será profeta de libertades, enemigo de toda esclavitud.
Derramará la gracia generosamente, proclamará "el año de gracia del
Señor". Se dará comienzo a un régimen de gracia, un año de gracia que no
se termina, un tiempo en que todo será misericordia y benevolencia, júbilo y
generosidad. Dios se hace gracia por un año sin término, gracia para siempre.
2.- ¡Estad siempre alegres! Pablo resume
la actitud del espíritu cristiano tal como corresponde a la voluntad de Dios:
alegría, oración y agradecimiento. "¡Alegraos constantemente!", o
sea, incluso en
las horas bajas y de sufrimiento, pues esos momentos no afectan
al fundamento en el que descansa nuestra alegría; la certeza de la salvación en
Cristo. "Orad sin cesar". Naturalmente, no con palabras, sino con la
conciencia de la unión con Dios, porque en el descanso del alma en Él se
encuentra precisamente la verdadera oración, sin palabras y de pleno valor.
"¡Dad gracias por todo!". Incluso en las pruebas y sufrimiento. Aquí
es donde tiene que mostrarse la fe fuerte en que todo lo que viene de la mano
de Dios es para nuestra salvación.
3.- Testigo de la luz y voz que grita en el
desierto. Juan Bautista da testimonio de su misión. Nos es la luz,
sino “testigo de la luz” ¿Puede haber vocación más bonita? Decir a todos que no
siempre es de noche ni todo es tinieblas. Llevar un rayo de esperanza a los
corazones entristecidos. Una sonrisa gratuita en una sociedad violenta.
Pronosticar que la verdad terminará imponiéndose. Descubrir valores ocultos y
carismas no apreciados. Apreciar el lado bueno de las cosas y personas.
Entender que no todo es relativo. Encontrar el sentido de la vida. Testigo de
todas las luces. Testigo del que es todo luz. Juan es consciente de que es el
instrumento que Dios utiliza para que lleguemos a Jesucristo. Su misión es
preparar el camino al Señor ¿Puede haber una vocación más humilde y más grande?
No es Mesías, ni profeta, ni quiere ser personaje. Es una voz, un mensaje, una
llamada. Está hecho para gritar, para proclamar, para anunciar y para
denunciar. Si deja de hablar, se muere. Si deja de gritar, deja de ser. Si deja
de anunciar su mensaje, se condena. Una voz, pero hija del viento, del
Espíritu. Una voz solamente, pero que no se puede acallar, y que empezará a
renovar el mundo. ¡Cuánto vale su palabra! Cuando falten estas voces, el mundo
habrá perdido su conciencia.
4.- Tú, ¿quién eres? Una pregunta que
todos tenemos que hacernos. ¿Cuál es nuestra verdadera vocación? No el montaje
que nos hemos preparado, o la rutina a la que nos hemos acostumbrado, o la
obligación a la que nos sentimos forzados. ¿Quién eres?, sin caretas ni
tapujos. No lo que piensan, o dicen, o esperan de ti. Ni lo que tú mismo has
llegado quizá a creerte. ¿Quién eres, de verdad? ¿Podrías adivinar el nombre
escrito en la piedra blanca que al fin te darán? Ojalá puedan escribir también
algo parecido a "testigo de la luz" y "voz que grita". Para
comprender mejor la misión de Juan Bautista, pueden tenerse en cuenta estas
frases de un sermón de San Agustín, que se leen en el Oficio de Lectura del
tercer domingo de Adviento:
"Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna. Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón (...). Y precisamente porque resulta difícil distinguir la palabra de la voz, tomaron a Juan por el Mesías. La voz fue confundida con la palabra: pero la voz se reconoció a sí misma, para no ofender a la palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta. Y cuando le preguntaron: ¿Quién eres?, respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto: `Allanad el camino del Señor'. La voz que grita en el desierto, la voz que rompe el silencio; pero ésta no se dignará venir a donde yo trato de introducirla, si no le allanáis el camino".
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