sábado, 23 de enero de 2016

Comentario al Evangelio del III Domingo (Tiempo Ordinario - Ciclo C)


 
P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano María Mater Ecclesiae de São Paulo (Brasil).

Idea principal: Programa electoral de Cristo.

Síntesis del mensaje: Esta es la primera vez que Jesús habla en su pueblo y sus paisanos le escuchaban sin pestañear. Abre su campaña electoral por el Reino de los cielos. Su discurso programático está orientado a la liberación integral del hombre.



Puntos de la idea principal:

En primer lugar, en resumen el programa electoral de Jesús queda así: evangelización, alivio de los enfermos, preferencia por los pobres, liberación de los explotados, expulsión de los demonios, excarcelación de los presos, indulto y amnistía para todos, perdón de los pecados. Por tanto, libertad, justicias y santidad; ahí está el programa electoral de Cristo. Con ese programa Jesús se
presenta como el Mesías profetizado por Isaías (61, 1-2): “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura”. ¿Cómo reaccionó la gente de su pueblo a este programa electoral? Tres veces estuvo Jesús en su pueblo: la primera le aplaudieron (Lc 4, 16-22; Mt 4, 15); la segunda le silbaron (Lc 4, 23-24); la tercera le expulsaron (Lc 4, 25-30). A la tercera fue la vencida: le sacaron de la sinagoga, le empujaron a las afueras, hasta el borde de la grieta y no le faltó más que el último envite. Todo porque enmendó la página de Isaías, la hace suya pero suprime “la venganza de nuestro Dios” (Is 61,2), pues ese Mesías viene a proclamar “el año de gracia del Señor”. ¿No estamos celebrando este año el jubileo de la misericordia? ¿Quién se cree este hijo del carpintero José? –decían sus paisanos de Nazaret.

 

En segundo lugar, la Iglesia de Cristo seguirá y debe seguir ese mismo programa electoral, está claro, si no quiere desvirtuar la misión redentora de Cristo y aguarla o ideologizarla. El documento de Aparecida dice lo siguiente: “El rico magisterio social de la Iglesia nos indica que no podemos concebir una oferta de vida en Cristo sin un dinamismo de liberación integral, de humanización, de reconciliación y de inserción social” (n. 359). Y en el número 362: “Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza. Por eso, se volverá imperioso asegurar cálidos espacios de oración comunitaria que alimenten el fuego de un ardor incontenible y hagan posible un atractivo testimonio de unidad “para que el mundo crea” (Jn 17, 21). Esto no es política ni huele a socialismo, sino a evangelio puro. Y ahí está la Iglesia en la vanguardia: curando, sanando, consolando, libertando el alma de los pecados, animando a la conversión del corazón, invitando a la justicia, a la solidaridad, al perdón y a la paz. Pero, ¿los Organismos Internacionales y Nacionales escuchan la voz de la Iglesia? ¿Los sacerdotes y obispos escuchan el gemido de tantos pobres de cuerpo y alma, o están atrincherados en sus posiciones políticas e ideológicas, o peor, en sus despachos parroquiales y episcopales con mil papeles? ¡Cuidado!

 

Finalmente, ahora nos toca también a nosotros, laicos, pues también nosotros somos Iglesia. La mejor manera de unirnos al programa electoral de Cristo es seguir con alegría y conciencia la consigna de san Pablo en la segunda lectura de hoy: vivir unidos en la misión encomendada por Cristo, colaborando cada uno en los diversos campos de la vida eclesial. ¿Cuáles? La catequesis, la caridad servicial, las misiones, los medios de comunicación social, etc. ¿Objetivo? Llevar el programa de Cristo por todos los rincones del mundo. ¿Finalidad? Para que todos conozcan a Cristo y se salven. ¿Modo? Con amor y en el respeto, guiados por el Espíritu Santo y todos unidos en el mismo ideal, sin querer sobresalir ni hacer ranchos aparte. Nehemías, laico, y Esdras, sacerdote (1ª lectura) nos dan un buen ejemplo de cooperación entre todos los estamentos de una comunidad, en nuestro caso para llevar el programa electoral de Cristo. ¡Qué bueno que en los últimos años hemos experimentado una creciente y muy provechosa participación de los laicos en las tareas comunes de la Iglesia y en la obra de la reevangelización. Aquellos a quienes llevemos ese programa de Cristo –pobres, ciegos, oprimidos, tristes, ricos-, ¿nos escucharán? ¿Nos rechazarán? ¿Colaborarán con nosotros? ¿Nos tirarán por el barranco de su indiferencia y desprecio? No importa, pues Cristo también pasó por todo eso.

 

Para reflexionar: ¿Conozco bien el programa electoral de Cristo? ¿Lo he asimilado en mi propia vida? ¿Lo transmito por todos los rincones de mi geografía personal, familiar, barrial, rural? ¿Cómo reaccionan aquellos a quienes les hablo del programa electoral de Cristo: con amor, con indiferencia, con hostilidad?

 

Para rezar: Señor, me cuesta entender tu programa electoral. Me hubiera gustado más triunfalista, más fácil. No obstante, me fío de ti. Dame la gracia de asimilar bien este tu programa de liberación y salvación total, de cuerpo y alma. Pon en mi boca las palabras justas y apropiadas para saber descifrar tu programa a los hombres y mujeres de este tiempo.

 

Cualquier sugerencia o duda pueden comunicarse con el padre Antonio a este email: arivero@legionaries.org

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