domingo, 13 de marzo de 2016

Reflexión de la pecadora pública


Estaba acostumbrada a los desaires, desprecios y juicio de la gente, incluso cuando no me veían en mis andanzas laborales… la gente siempre había visto en mí a la pecadora, jamás me habían mirado a los ojos, ni mucho menos al corazón.

Ese día había comenzado mi tarea diaria: la oración para comenzar la jornada encomendándome al único Dios verdadero, el desayuno, las tareas de la casa y a trabajar.

No sé lo que se siente ser amada, nunca me lo dijeron en serio, el tiempo hace que las palabras dichas al viento suenen duras a tus oídos y no surtan ningún efecto al corazón: “te quiero”,” no te comparas a nadie”,” sos la mejor”, “te amo”… bah! Palabras vacías y huecas, pero cómo duele cuando el alma se dispone a brotar a piel para recibir una caricia, de esas que parecen verdaderas en otras mujeres que no son… como
yo, las serias, las humildes, honestas, morales y sinceras, pero no hay nadie que te quiera de verdad…

Y sabía que algún día sucedería, había visto la muerte muy cerca en otras ocasiones, pero esta vez, era mi turno… “la culpable” era yo, el que vino a buscarme y pagó para que yo lo quisiera “era inocente” para todos los que me miraban con asco y repulsión; me sentía sucia, incomprendida, -“ninguno sabe lo que guarda mi corazón”, pensé. Lloré todo el camino que me llevaron a rastras, los gritos de “pecadora”, “apedrearla es poco”, “que muera” golpeaban mi corazón, ese que cada día se encomienda a Dios para empezar la jornada.

Y me pusieron frente a Él, inmutable, indiferente, sólo escribía en el suelo unas líneas que no lograba leer porque el pecado, que se me notaba hasta por los poros, era como una pesada piedra que me impedía mirarlo, la cabeza gacha, el vestido arrancado, los hombros al descubierto…¡qué apenada y dolorida tenía el alma!

Él habló con autoridad y ante sus palabras nadie continuó su juicio, sentí el golpe de cada piedra cayendo sobre el suelo… alcé la vista y todos se habían ido, todos habían desistido de apedrearme… y el Señor me dirigió sus palabras, ¡me perdonó! ¿cómo adivinó el dolor de mi pecado, cómo supo que en realidad la vida se me había vuelto un infierno del que clamaba al cielo por salir? Él lo supo, intuyó la carga del pecado que me había arrastrado hasta Él y que en lugar de hundirme me alcanzó su perdón y misericordia.

Le prometí no volver a pecar, he dejado aquél pasado en sus manos y me ha devuelto la dignidad, hoy soy cristiana, lo sigo, sus palabras son esperanza para mi alma y me ha hecho saber que soy una “hija amada de Dios”.


He aprendido que la misericordia de Dios es infinita, que nadie es tan pecador que no merezca el perdón y amor de Dios, que tenemos un Dios que nos busca incesantemente para abrigarnos en su seno paternal y que no descansa hasta conseguirlo.

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