lunes, 10 de junio de 2013

La oración del abrazo

La oración acontece en el corazón de la vida. Como es cuestión de amor, no solo se da en los rincones, sino allí donde el amor se hace concreto, real. Las historias de amor que se tejen en la vida cotidiana y que tienen tanto que ver con el cuidado de la vida debilitada, los gestos de ternura y cariño hacia los enfermos, la solidaridad con los más pobres de la tierra, son los nuevos pozos donde beber el agua viva de la experiencia de Dios. Jesús, en la bellísima parábola del hijo pródigo, nos muestra una imagen del Padre entrañable. Cuando vuelve el hijo perdido, roto por dentro y por fuera, lo espera un abrazo que lo sana, lo recrea, le devuelve la dignidad perdida. Eso es oración de abrazo. Así nos ora y nos crea nuestro Padre Dios. En otro relato impresionante, en otra parábola, Jesús pinta una escena de abrazo. Un samaritano se desvía de su camino, vuelve los ojos hacia la orilla del camino y allí ve un hombre apaleado, al que unos salteadores han dejado medio muerto. Llega donde está el herido, lo ve de cerca, se conmueve, se acerca todavía más, le venda las heridas echándoles aceite y vino, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a la posa, lo cuida, da dinero al posadero para que lo atienda. Esto es oración de abrazo. Así nos ora y nos abraza Jesús. En otro pasaje de los evangelios, sorprendente, Jesús sube al monte y proclama las bienaventuranzas, la carta magna del proyecto nuevo del Reino. Así queda inaugurado un nuevo orden de cosas, el viejo mundo deja paso a un mundo nuevo donde los valores son radicalmente distintos. Las bienaventuranzas son la más hermosa oración de abrazo. Así
nos ora y nos abraza con sus dones el Espíritu. La oración de abrazo sigue abierta, para que la continuemos cada uno de nosotros. Las nuevas pobrezas llaman a la puerta del corazón. No es fácil hacerla. ¿Cómo descubrir en los cuerpos desnudos de belleza y oscuros de esperanza una claridad que nos alumbra? ¿Cómo vislumbrar un corazón donde todos ven lodo? ¿Cómo despertar la gracia en los desgraciados? ¿Cómo levantar del polvo a los desvalidos y alzar de la basura al pobre? Necesitamos nacer de nuevo, nacer del Espíritu. “Para que haya fuentes en el desierto tiene que haber pozos escondidos en la montaña” (Abbé Pierre). En la oración del abrazo se da un intercambio de dones. El abrazado recibe dignidad, recupera la belleza perdida. El que abraza descubre la ternura y la compasión que llevaba escondidas en el corazón como semillas. Unos y otros pueden decir: “Me ha hecho el abrazo. Esto ha sido un milagro patente”. El Espíritu nos enseña a orar. Para ello nos señala a Jesús. Nos invita a estar cerca de Él y a seguir sus pisadas. Nos mete en su corazón para orar como Él y como Él. Cuatro pasos para practicar en el día a día la oración del abrazo.

1.- "Al ver Jesús el gentío”. Jesús va por la vida con los ojos bien abiertos. Ve todo lo que tiene delante. Ve a la gente, con su dolor y su gozo, con su búsqueda y su cansancio. Y se encuentra con muchas miradas: cercanas y distantes, autosuficientes o de súplica, desconfiadas o amigables. Jesús es un contemplativo de los mil rostros que habitan nuestro mundo. Pero es más, Jesús es la mirada del `Padre y el "mirar de Dios es amar" (Juan de la Cruz), por eso no puede mirar sin amar, sin comprometerse con los que tiene ante sí. La oración del abrazo comienza cuando detenemos nuestra mirada en las personas que se cruzan con nosotros cada día, de la mañana a la noche.


2.- "Subió a la montaña”. Jesús, volcado sobre las gentes, tiene también los ojos del corazón abiertos para mirar al Padre. Siempre encuentra tiempo para irse a estar con Él. Sube al monte, para orar, para entrar en intimidad con su Abbá. Y en ese diálogo de amor, el Padre le muestra su rostro de misericordia entrañable y de cariño para todos; de modo especial, para esa retahíla de oprimidos, hambrientos, cautivos, ciegos, los que se doblan, justos, peregrinos, huérfanos, viudas. Éstos no merecen ni una línea en los medios de comunicación, pero sorprendentemente sus nombres están tatuados en el corazón del Padre. A Jesús se le graba todo esto dentro y necesitará gritar desde los tejados lo escuchado en la intimidad. La oración del abrazo se amasa cuando contemplamos con calma la ternura y la misericordia del Padre hacia los últimos.

3.- "¡Dichosos!". Jesús quiere gritar a todos lo que el Padre le ha comunicado. Se sienta, para indicar que lo que va a decir es muy importante. Lo va a hacer con calma, para que su palabra penetre como la lluvia en la tierra. Se le acercan los discípulos y se pone a hablar enseñándoles. Jesús está feliz porque sobre los que no cuentan se ha derrochado la gracia. Estando Jesús cerca no hay tristeza ni hundimiento definitivos. Toda la pequeñez de la tierra se reviste de fiesta ante su presencia. Jesús pone frente a sí todo lo bajo y despreciable de este mundo y se atreve a decir algo escandaloso para el concepto de felicidad que tiene el mundo. ¡Dichosa tu pobreza y tus llantos, tu hambre y tus gestos de misericordia, tu corazón limpio y ese trabajo tuyo sencillo pero difícil por la paz, tu estilo de vida aunque te acarree burlas y persecución... porque todo esto, que a uno le dan ganas de esconder para que nadie lo vea, lo ha buscado Dios para besarlo, y poner en ello su Reino y su consuelo, lo ha escogido para nacer él mismo y ser la riqueza y el don más grande del hombre, de todo hombre! La oración del abrazo se vive cuando miramos y abrazamos con ternura todas esas situaciones que a uno le dan ganas de no mirar.


4.- "Dejaré un pueblo pobre y humilde que confiará en el nombre del Señor". Este es el regalo que quiere hacer Dios al mundo: un pueblo nuevo formado por todos los tocados por su dicha. Al frente de este pueblo va Jesús, verdadera autobiografía de las bienaventuranzas. Siguiéndole muy de cerca, los santos, innumerables hombres y mujeres de ayer y de hoy, que han abrazado esta palabra y la han explicado con su vida Y con ellos, nosotros, con un don inmenso dentro que se convierte en tarea: ser un humilde reflejo del gozo y la belleza del Padre en medio del mundo. Nuestra oración de abrazo termina siendo un gesto de ternura, de acogida, de escucha, de mirada bondadosa, de amor comprometido con todos los pequeños de la tierra. Y nadie mejor que María, que supo lo que es saberse mirada por Dios en su humillación, para prestarnos su cántico, el de todos los humildes enaltecidos y el de todos los hambrientos colmados.

(Fuente:cipecar.org)

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