sábado, 23 de mayo de 2015

Comentario a las lecturas de Pentecostés (Ciclo B) Año 2015



Idea principal: Yo creo en el Espíritu Santo, que es Dios.

Síntesis del mensaje: Creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas y conduce la Iglesia hacia la verdad completa, y a las almas de los hombres hacia la santidad, siempre y cuando le hayan abierto la puerta y dado posada como Huésped divino.


Puntos de la idea principal:

En primer lugar, un poco de historia del dogma sobre el Espíritu Santo. De mayo a julio del año 381, el emperador Teodosio I reunió en Constantinopla a 185 obispos de Oriente y Occidente. 185 obispos: 150 a favor y 36 en contra del Espíritu Santo. Los 36 decían: el Espíritu Santo no es Dios. Los 150: es Dios. El concilio dijo: el Espíritu Santo “cum Patre et Filio simul adoratur et conglorificatur” (“reciba una misma adoración y gloria”) y, por tanto, es Dios que procede del Padre y del Hijo. Dicho concilio condenó y excomulgó, y el emperador desterró y expropió templos e impuso al imperio el Credo nicenoconstantinopolitano, el mismo que hoy rezamos en las iglesias desde hace 1.400 años. ¡Tantas luchas y concilios costaba fundar el linaje de los cristianos, tantas herejías y condenas, montar pieza a pieza, dogma a dogma, el Credo en que vivimos, rezamos y morimos!

 En segundo lugar, el Espíritu Santo tiene larga biografía en el Antiguo y Nuevo Testamento. Desde la primera página del Génesis ya se nos dice de la existencia eterna del Espíritu que “aleteaba sobre
las aguas”.  Él fue quien equipó de fe al patriarca Abraham y le envió de misionero a tierras idolátricas; equipó de fuerza a Sansón, de astucia a Judit. El Espíritu Santo hizo visionario de futuros a Isaías que anunció la encarnación de Dios; el que ungió a David como rey; el que inspiró a Ezequiel la promesa de Dios de quitarnos el corazón de piedra y ponernos un corazón espiritual. Y digamos algunos episodios del Nuevo Testamento para no hacerlo largo: el Espíritu Santo convence a María de Nazaret a que sea madre de Dios; y conduce a Jesús al desierto; el que contagia y reviste a los apóstoles de osadía y fuerza para ir por todo el mundo a predicar el evangelio, testimoniando su fe con su sangre. ¿Habría mártires sin el Espíritu Santo? ¿Habría vírgenes que se consagrarían a Cristo en cuerpo y alma? ¿Habría hombres que dejarían todo para configurarse con Cristo, Cabeza y Pastor? ¿Habría laicos bien comprometidos con la causa de la Iglesia y de la evangelización sin el Espíritu Santo? Por tanto, el Espíritu Santo es el protagonista de la historia sagrada y eclesial. El Espíritu Santo dirige los destinos de la Iglesia por los siglos y siglos.

Finalmente, por eso, yo hoy en este día de Pentecostés quiero reafirmar mi fe profunda y sólida en el Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo: espíritu de justicia, dignidad, verdad, santidad, gracia. Y porque lo necesito, yo creo en el Espíritu de la Iglesia con su programa de amor contra el egoísmo campante, avasallador y pagano; de la verdad eterna contra el error vocinglero y ensordecedor; de la virtud contra el pecado demoledor y camuflado. Yo creo en el Espíritu de Dios, que cada mañana habla con mi espíritu de hombre y le aconseja, le corrige, le insinúa, le manda, le prohíbe, le tonifica, le enseña a tasar y discernir bien estas cosas del corazón, el cuerpo, las lágrimas y las risas, de los estados terminales del alma, la gloria, la eternidad y Dios.

Para reflexionar: ¿cómo es mi relación con el Espíritu Santo en mi día a día? ¿Inspira mis pensamientos, purifica mi corazón, fortalece mi voluntad? ¿Me lanza a predicar a Cristo sin vergüenza y con audacia y alegría?

Para rezar:
Oh Espíritu Santo,
Amor del Padre, y del Hijo,
Inspírame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
cómo debo decirlo,
lo que debo callar,
cómo debo actuar,
lo que debo hacer,
para gloria de Dios,
bien de las almas
y mi propia Santificación.
Espíritu Santo,
Dame agudeza para entender,
capacidad para retener,
método y facultad para aprender,
sutileza para interpretar,
gracia y eficacia para hablar.
Dame acierto al empezar
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Amén.

P. Antonio Rivero, L.C. Doctor en Teología Espiritual, profesor y director espiritual en el seminario diocesano Maria Mater Ecclesiaede são Paulo (Brasil).
(Fuente: zenit.org)


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