sábado, 20 de marzo de 2021

20 de marzo: "Francisco Palau en las manos de Dios"

 


Hoy recordamos un año más del fallecimiento de nuestro querido Padre Fundador, y comenzamos a prepararnos para celebrar los 150 años de aquel hecho. 

Para hacer memoria de su Pascua hemos querido compartir con uds su desenlace según el libro "Brasa entre cenizas". A continuación el texto del capítulo final de dicho libro.


Capítulo XVIII: "En las manos de Dios"

Los últimos meses de su vida los vivió el padre Francisco dedicado de lleno a sus afanes de fundador.  Comprendía que, al fin de cuentas, de todos los grandes sueños que acarició en su vida, era este el único que podía convertirse en espléndida realidad.

Sirvió de gran consuelo a su corazón torturado por tantos desengaños y herido y amargado por las incomprensiones humanas el que, por fin, su hija predilecta, la Hermana Juana, se había entregado de lleno a su obra, tal y como él ahora la concebía, y había dejado completamente aparte sus sueños de contemplativa.  En las últimas cartas que le dirigió el Padre se echa de menos la preocupación por sus problemas internos, pero aparece con claridad que estaban completamente compenetrados en todo lo referente a la marcha de la Congregación, sin que quede resto alguno de las pasadas discusiones. El Padre ordena y la Hermana Juana no hace más que cumplimentar sus órdenes y transmitirlas a sus compañeras.  Pero eso mismo indica que están más compenetrados que nunca.

 Precisamente el último acto de apostolado llevado a cabo por el Padre fue el acompañar a la Hermana Juana a Calasanz para asistir a los apestados y prestarles asistencia espiritual.  Sucedía esto en la última semana de febrero de 1872.

 Por entonces parece que intuía la proximidad de su muerte y quiso visitar por última vez su Aytona natal, despidiéndose de las Hermanas y Hermanos que allí dejaba fundados para recuerdo perenne  y

dándoles los últimos consejos. De allí pasó a Barcelona, que continuaba siendo el centro de sus ya reducidas actividades, obstaculizadas por la actitud francamente hostil del Vicario Capitular.

 Llamado para asistir a un “endemoniado”,  se dirigió a Tarragona el día 10 de marzo. En el camino tuvo la sensación de que el demonio le hería de muerte y se sintió gravemente enfermo.  Inmediatamente se dirigió a la casa donde habitaban las Hermanas en la calle de la Misericordia.

- ¡He venido para que me curéis mis llagas! -les dijo

- ¡Padre, qué cosas tiene! ¡si está sano y colorado! - replicaron las Hermanas.

- ¡Sí, tenéis que curarme! –insistió.

 Presto se vió obligado a acostarse, y llamado el Dr Guarch, diagnosticó una pulmonía. La fiebre fue creciendo y no tardó el enfermo en percatarse de que no había remedio, por lo que él mismo pidió los últimos sacramentos, confesándose con el Capellán de la vecina iglesia de San Juan.

 Durante su enfermedad fue un dechado de paciencia, de penitencia y de fervor. ¡Lástima es que sus Hijas, por timidez o cortedad, no nos hayan transmitido las impresiones de aquellos días tan decisivos y que ellas vivieron con tan intensa emoción!

 No podía faltar el demonio a su última cita y hasta parece que el padre Francisco pronunciaba con frecuencia la fórmula de los exorcismos para ahuyentarlo. En el último combate se encomendó de una manera especial a los que durante toda su vida habían sido sus protectores, la Santísima Virgen, San José y San Elías. Sus Hijas le acompañaron en las fervorosas súplicas que les dirigía.

 Mantuvo hasta el final su espíritu de penitencia aguantando impasible los remedios que le aplicaban y que le causaron llagas en el cuerpo. Sentía un consuelo inmenso por haber vivido siempre pobre, ya que de esta forma nada tenía que abandonar en la muerte. Y, sobre todo, resplandeció su amor a la Eucaristía, a ese cuerpo sacramentado de Cristo que mantiene íntimamente Unidos a todos los miembros de su cuerpo místico y en el que desahogaba todo su amor para con la iglesia no quería ningún otro alimento.

En aquellos días pasaron por su mente todos los trabajos que por la Iglesia había sufrido, mas también los conflictos con los Obispos a que había dado lugar su manera de proceder, y sintió una lucha terrible en su interior. Mas de una cosa estaba cierto, y es de su absoluta sumisión a su voluntad. Por ello exclamaba como para consolarse en aquella hora:

 “No me he apartado nunca (de ella) en lo más mínimo. En mis opiniones he sujetado siempre mi juicio sin tener más interés que el de la gloria divina”.

 Poco antes de morir se le oyó exclamar:

“¡Dios mío, me habéis tocado la suerte…!”

 ¡Pobre padre Francisco! Desde joven había anhelado el martirio, se había ofrecido a Dios, víctima por los pecados del mundo, y Dios no había escuchado su ruego, sacándolo ileso de todos los peligros. Su amor a la Iglesia, ese amor que llena su vida por entero, y que es el alma de todas sus empresas, le impulsó siempre a soñar cosas grandes, gestos heroicos, algo que demostrara que estaba dispuesto, por su Amada, a arrostrar todos los peligros y a gastar la vida en su servicio, agotando por su amor hasta las últimas energías de su ser. Pero Ella, la Iglesia, su Amada, se había complacido más bien en irle arrancando una por una todas las rosas de sus sueños para arrojarlas deshojadas a sus pies con aparente desprecio. Ahora le iba a arrebatar su última ilusión trocando la rosa roja del martirio que tantas veces creyó tener entre sus manos en una vulgar pulmonía, su éxtasis de amor en delirio de febricitante y el cuchillo del verdugo en ventosas y sangrías.

 No moría tampoco en la soledad, como había también suplicado al Señor, a solas con su Amada. Siete rostros femeninos se inclinaban llorosos sobre su cuerpo maltrecho, intentando impotentes arrebatarlo a la muerte.

 Pero aquel cuerpo estaba exhausto y no era capaz de reaccionar. Había gastado sus fuerzas en las horribles penitencias de Mondesir y de Cantayrac y ahora se extinguía sin remedio.

 Antes de morir habló a sus Hijas. Les predijo humillaciones, desprecios, sufrimientos de que su vida había sido tan fecunda y que no debían extrañarse si es que pasaba a ellas como la más rica de las herencias.

 Algunos años antes había comentado, en una obrita titulada “la Iglesia Triunfante” aquellas palabras que al morir pronunció Santa Teresa:

 “Al fin, soy hija de la Iglesia”. Y exclamó conmovido:

“¡Cuán dulce, cuán agradable, cuán deleitoso debe ser al reposo en los brazos de una Madre Virgen y tan pura como es la Iglesia Triunfante, después de los trastornos y convulsiones de la vida presente!”

Él podía estar satisfecho, se había portado como luchador incansable. Le había tocado siempre la peor parte, al menos desde el punto de vista humano, ya que Dios no le había concedido nunca gustar plenamente las mieles de la victoria. A los ojos de los hombres había aparecido más bien como un soñador, un iluso, un pobre derrotado. Pero podía morir tranquilo, porque sabía que la Iglesia, su Amada, no buscaba los brillos aparentes, sino que pedía amor, sólo amor, y él se lo había ofrendado hasta enloquecer por Ella y no había conocido otro amador ni vivido más que para la Iglesia.

 Este amor le había impulsado a soñar y a intentar realizar sus sueños de enamorado, pero Dios se había complacido en destruirlos reduciendo a cenizas todos sus intentos. Mas entre las cenizas de sus fracasos siempre había permanecido su alma, como brasa encendida, consumiéndose en aras de su único amor. Ahora el Espíritu Divino iba a aventar todas estas cenizas y sólo quedaría la brasa que arrojada en el horno del amor infinito, eternamente no tendría otra misión que llamear y prender en las almas modeladas por la suya la llama de la infinita caridad.

 No podía temblar de miedo en aquella hora en que iba a contemplar a su Amada, no bajo los velos de Judith, Esther, Raquel o María, sino en la realidad sin sombras, en el “cara a cara” de la visión beatífica. Por ello, después de besar repetidamente su arma de combate, el crucifijo, fue cerrando sus ojos lentamente mientras una graciosa sonrisa se dibujaba en sus labios, la sonrisa causada por la hermosura infinita que comenzaba a descubrírsele, y que cambiaba su suerte, trocando las tinieblas de la vida terrena por la luz esplendorosa de la Patria Celestial, del Reino de Cristo, y Reino de la Iglesia militante.

 Era “el día 20 de marzo de 1872, miércoles, día de San Aniceto, estando la luna a las 4 días de su cuarto creciente y a las 7:30 de la mañana”.

 En torno de su lecho de muerte lloraban sin consuelo sus Hijas, que habían puesto en el toda su confianza y sentían ahora profundo desamparo. El Hermano José Pedró Canudas y el Padre Juan Nogués las contemplaban en silencio, inciertos ante el futuro de su obra. Dejaba su Congregación inacabada, sin terminar de unir por completo los espíritus, sin contrastar las Reglas que definitivamente había aplicado, y, sin embargo, no sintió por ello angustia a la hora de su muerte.  “Vuestra obra es la mía, y la vuestra y la mía es la de Dios”, les había dicho, y sabía que al morir él, quedaba Dios como Director y como promotor te llevaría a buen término su empresa.  “No quiero dos familias”,  escribió un día expresando el más ardiente deseo de su corazón; pero aquí Dios también le cambiaba la suerte realizando el milagro de hacer que brotaran de su espíritu dos familias que llevan sus los rasgos de su Padre y han heredado la llama de amor inextinguible hacia la Iglesia Santa, hacia ese Cristo Místico a cuyo servicio les enseñó entregarse por entero, convirtiéndolo en el Esposo único de su corazón.

 Así transformó Dios la “Sinfonía inconclusa” en su obra maestra, y su recio espíritu de auténtico Carmelita, como célula viva que al morir se divide en dos partes iguales, ha quedado plasmado en dos familias religiosas que marchan por la vida por sendas parecidas, con idéntico impulso y unas mismas virtudes heredadas del Padre: son como dos líneas que corren paralelas para converger siempre en el infinito que es Dios.

 El Padre Francisco al contemplarlas desde el cielo, las ve en la proyección del infinito con una misma y auténtica realidad, reconociendo en ellas… “la obra de Dios”.

(Tomado del libro “Brasa entre cenizas, biografía del R. P. Francisco Palau y Quer, ocd”, de Fray Gregorio de Jesús Crucificado, ocd.) 

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