viernes, 14 de octubre de 2011

MISIONEROS PARA EL PUEBLO


“Gozaban de la simpatía
de todo el pueblo”
(He 2,47)


Hay personas que desean que las consideren seres especiales, diferentes de los demás. No les agrada el contacto con mucha gente y sólo disfrutan compartiendo algún momento con personas que se parecen a ellas, que tienen los mismos gustos o que pertenecen al mismo grupo social. Ese tipo de personas no pueden ser misioneras, o lo serán por obligación, pero en su corazón no podrán sentirse identificadas con la misión.

Para ser misioneros de alma, tenemos que desarrollar el gusto por estar cerca de la vida del pueblo, las ganas de ser identificados como uno más, como alguien del montón, como alguien que se ha metido tanto en el corazón del pueblo que no se le nota nada extraordinario. Vemos así que, para crecer en la entrega misionera, no basta apasionarse por Jesús, sino también por la gente. La misión es una pasión por Jesús, pero al mismo tiempo una pasión por el otro, ya que cuando miramos a Jesús Él nos envía a los demás. Cuando nos detenemos ante su mirada, allí reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene, pero luego empezamos a descubrir que esa mirada se amplía y se dirige,  llena de cariño y de ardor, hacia todo su pueblo. Por eso, al encontrarnos con Él nos damos cuenta de que él nos quiere tomar como instrumentos para llegar mejor a su pueblo amado.


El modelo de esta opción por el pueblo es el mismo Jesús. Pasó treinta años de su vida metido en un pequeño pueblo, como uno más. Miremos a Jesús cercano a todos. Se juntaba con los pecadores (cf. Mc 2,16) Se detenía a conversar con la gente (cf. Jn 3-4; Mc 10, 17-22) y se preocupaba por el ciego del camino (cf. Mc 10, 49-52) Cuando hablaba con alguien, no lo soportaba con desgana, sino que lo miraba con una profunda atención amorosa: “Jesús lo miró con cariño” (Mc 10,21)
Se trata de integrarse a fondo en la sociedad compartiendo la vida con todos, escuchando sus inquietudes, colaborando material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, alegrándonos con los que están alegres, llorando con los que lloran y comprometiéndonos en la construcción de un mundo nuevo. Pero no por obligación, no como un peso, sino como una opción que nos llena de alegría.
Aparecida nos propone asumir un nuevo estilo, más evangélico, que se caracterice por la cercanía a la gente, hasta dar la vida como Jesús. La entrega de Jesús en la cruz no es más que la culminación de ese estilo que marcó toda su existencia. Todos admiramos en Jesús “su compasión entrañable ante el dolor humano, su cercanía a los pobres y a los pequeños”(DA, 139) Repetidamente en el documento de Aparecida, se contempla este testimonio de cercanía para dejarse interpelar por el estilo del Maestro, “siempre cercano, accesible, disponible para todos” (DA, 372)

Lo que vemos cuando se acerca el ciego del camino (cf. Mc 10, 46-52), cuando dignifica a la samaritana (cf. Jn 4, 7-26), cuando sana a los enfermos (cf. Mt 11, 2-6), cuando alimenta al pueblo hambriento (cf. Mc 6, 30-44), cuando libera a los endemoniados (cf. Mc 5, 1-20). En su Reino de vida, Jesús incluye a todos: come y bebe con los pecadores (cf. Mc 2,16), sin importarle que lo traten de comilón y borracho ( cf. Mt 11,19); toca leprosos (cf. Lc 5,13), deja que una mujer prostituta unja sus pies (cf. Lc 7, 36-50)y, de noche, recibe a Nicodemo para invitarlo a nacer de nuevo (cf. Jn 3, 1-15) (DA, 353)

Varias veces el documento de Aparecida recoge el modelo de Jesús en los evangelios, para invitarnos a dejar crecer esta pasión por vivir a fondo en medio de la vida del pueblo:

“La respuesta a su llamada exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 29-37), que nos da el imperativo de hacernos prójimos, especialmente con el que sufre, y generar una sociedad sin excluidos, siguiendo la práctica de Jesús que come con publicanos y pecadores (cf. Lc 5, 29-32) que acoge a los pequeños y a los niños (cf. Mc 10, 13-16), que sana a los leprosos (cf. Mc 1, 40-45) que perdona y libera a la mujer pecadora (cf. Lc 7, 36-49; Jn 8, 1-11), que habla con la samaritana” ( cf. Jn 4, 1-26) (DA, 135)

Pero para sumir este estilo de vida de Jesús, que ya no vivía para sí mismo sino para el pueblo, necesitamos invocar al Espíritu Santo:


“Invocamos al Espíritu Santo para poder dar un testimonio de proximidad que entraña cercanía afectuosa, escucha, humildad, solidaridad, compasión, diálogo, reconciliación, compromiso con la justicia social y capacidad de compartir, como Jesús lo hizo”(DA, 363)

Todo esto se vuelve más bello si lo hacemos juntos, si somos misioneros en comunidad. En realidad, si somos fieles al evangelio, esa es la única manera de hacerlo.

Víctor Manuel Fernández

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