martes, 23 de diciembre de 2008

Jesús para nacer necesitó a José,
que era de la casa y familia de David.
Necesitó a María y ella le fue haciendo nacer
por los caminos de la voluntad del Padre.

Necesitó un lugar para nacer:
Belén, la tierra del pan, la tierra del beso.

La luz necesitó la luz,
La vida necesitó la vida,
el Amor necesitó una familia de amor.
Dios quiso hablar nuestro lenguaje.
Se hizo tangible, cercano, amigo, uno de tantos.

En los pañales y en el pesebre,
en los pastores que cuidaban los rebaños,
dejó Jesús, al nacer, una huella de alegría.

Y los ángeles cantaron: ¡GlORIA A DIOS!
en el cielo y en la tierra.

Si tú abres tu vida a Jesús,
también deja en tu corazón su huella de amor y salvación,
su huella de alegría.









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